sábado, 21 de junio de 2014

15- Respuestas

(sugiero leerlo con esta canción, que es con la que lo he escrito http://www.youtube.com/watch?v=oN2Xs-MvxLw)


El traidor estaba sujeto a una almena, resistiendo. El castillo no había sido diseñado para resistir una guerra, pero mantenía la tradición de tener unas murallas construidas para ser un buen fortín. Paralela a las almenas había un muro que subía hasta transformarse en el tejado del que había caído, de donde colgaban algunas antorchas que luchaban contra el viento para no apagarse. Justo delante de él había un pasillo sin ninguna luz, el cual desconocía dónde llevaba, pero que deseaba fuertemente poder llegar hasta él y continuar con su huida.

Sus dedos se aferraron con fuerza a la piedra, pero no había ninguna imperfección en la que asirse. Hacía ya rato que había perdido la esperanza de recuperar los papeles que tan desesperadamente había ido a buscar, pues en la persecución intensa a la que había sido sometido se había olvidado de mantenerlos a buen recaudo.

El viento silbaba con la misma fuerza en la almena que en el tejado y le golpeaba el cuerpo sin compasión. Había dejado atrás la armadura y se alegraba de ello, pues con el peso hubiese resbalado mucho antes, pero eso lo dejaba con poca ropa y expuesto al inclemente tiempo nocturno. Sentía deseos incontrolables de temblar, pero cada vez que su cuerpo se movía con un escalofrío resbalaba un poco más hacia el gran vacío.

No necesitaba preguntarse por qué deseaba tan desesperadamente vivir. En el fondo, nadie se hace esa pregunta, a menos que su existencia sea peor que la propia Parca.

Y además, de su supervivencia pendían muchas cosas más importantes que su propia vida. Por ellas había traspasado la línea de la traición y no iba a dejar que ese sacrificio fuera en vano.

Los dedos empezaban a dolerle, pero temía cambiar de posición por si al hacerlo su mano se veía incapaz de encontrar de nuevo un agarre adecuado para aguantar todo su peso.
Cerró los ojos con fuerza, moviendo los pies desesperadamente tal y como había estado haciendo durante los últimos minutos en busca de algún sitio donde hundir la punta de la bota y darse impulso. Pero no encontraba nada.

Los brazos empezaban a transmitirle punzadas de dolor y un hormigueo peligroso empezó a subirle desde el codo hasta el hombro.

Escuchó unas pisadas que provenían del pasillo oscurecido e intentó levantar la vista a través de la piedra, aunque para ello tuvo que estirar su cuello más allá de todo esfuerzo. Fuera quien fuera quien se acercaba, lo hacía con calma, como si no supiera que el hombre estaba a punto de despeñarse. El corazón le empezó a latir con fuerza y notó en su boca el sabor amargo de la bilis.

Deseaba que alguien viniera a ayudarle, pero al mismo tiempo sabía que en cuanto le vieran, tendría que enfrontarse a los rostros juzgadores de los que siempre había considerado sus camaradas.
No estaba seguro de si ellos algún día llegarían a comprender. Lo más probable era que no le darían tiempo para ello.

El viento le trajo más sonidos, como el desenvainar de las espadas, los gritos de indignación, la cólera, los pasos corriendo a través del castillo con las armaduras puestas, el perro que le había mordido ladrando rabioso. Pero a pesar de todo el alboroto, a pesar que el viento se introducía en su mente impidiéndole escuchar nada más, los pasos resonaban en su cabeza como la campana que repica por la muerte del condenado.

Se aferró con más fuerza a la almena, notando como las fuerzas le flaqueaban. Apoyó el rostro sobre la piedra fría, cerrando de nuevo los ojos y planteándose si la opción más sensata no sería terminar con todo de una vez por todas y ahorrarse todo lo que estaba por caerle encima.
El olvido, el fin…ya no tendría que preocuparse más, pero…

El sonido de los pasos se detuvo, delante de él. No hubo ni un saludo, ni una frase amenazadora, ni una pregunta. Era como si quien hubiese acudido a sentenciarle no tuviera interés siquiera en maldecirle antes de dejar que resbalara al abismo.

Se obligó a mirar quién había acudido, y no le sorprendió encontrarse unos ojos que lo miraban con calma y una especie de media sonrisa esbozada que parecía formarse por el mero hecho de juntar los labios, de la cual no podía llegar a saberse si era una verdadera expresión de alegría o neutralidad.

-          Mi señora –dijo él, esforzándose por hablar a pesar de que todo su cuerpo le suplicaba un descanso- No me asombra encontraros aquí.

-          Es mi castillo, Denzel –respondió ella, acercándose y hablando en un tono relajado. Llevaba una de las dos manos en la espalda, escondida- Lo conozco mejor que los que tú denominabas amigos. No resulta difícil llegar antes que ellos.

Denzel encajó la suave pulla sin demasiados problemas. De todas las cosas que podrían decirle, no resultaba especialmente insultante, pero era un recordatorio eficaz de su situación. La noble iba vestida como si se hubiese levantado de la cama, con el pelo despeinado, un camisón blanco y una capa que la protegía del inclemente viento que lo atacaba ferozmente y que deseaba arrastrarlo al suelo.
El traidor esbozó una especie de sonrisa cínica.

-          Lamento haberos despertado, mi lady

-          Ah, no estaba durmiendo –dijo ella, encogiéndose de hombros- Estaba esperando a que el fuego hiciera salir al conejo de su madriguera

El soldado respiró hondo, sintiendo como si mente empezaba a pensar con claridad al fin desde que la mujer anunciara en el comedor que iba a atrapar al traidor. Se sintió muy estúpido, pero al mismo tiempo muy tranquilo, como si una vez desenmascarado todo ya no importara demasiado mantener una imagen o una apariencia.

-          ¿No existía ninguna prueba contra mí, verdad? –dijo Denzel, sonriendo con tristeza

-          No, ninguna. –respondió ella, con una expresión de disculpa- De hecho, por un instante creí que mi plan era tan tonto que no ibas a caer en él. Pero el miedo ha sido mi mejor aliado.

Apartó la mano que tenía escondida en la espalda y mostró lo que en ella llevaba: una cuerda. Se acercó a Denzel y le ató las muñecas con una firmeza que el traidor no se hubiese esperado de ella, pero no estaba en situación de resistirse.
Se preguntó, sin embargo, qué pretendía la mujer.

-          ¿Sabes una cosa, Denzel? –dijo ella mientras hacía nudos marineros en sus muñecas- Me enseñaron a vivir con miedo, a pensar con miedo, a tener el temor impreso en mi piel, pues los que pretendían gobernar mis días no conocían otra manera para tener mi vasallaje. Pero de muy joven las normas cambiaron para mí y tuve que aprender transmitir el mismo miedo que a me había paralizado. Fue extraño. –Apretó bien una muñeca y se dedicó a la otra, tocando la piel del traidor con una delicadeza extraña- Fue como si de pronto, estuviera en dos bandos al mismo tiempo. Haber pertenecido al grupo temeroso para después estar en el de los que aterrorizan me ha dado…una perspectiva distinta.

Lady Oblondra acarició suavemente la mejilla de Denzel antes de apartarse de él y atar el otro extremo de la cuerda a una fuerte argolla que había en la pared, cerca del túnel. Denzel sintió como la cuerda de sus manos se tensaba, aunque sin llegar a tirar de él.

-          Tú me preguntaste por qué os estaba ayudando y por qué proponía a mi primo como rey y no a mí misma. –dijo ella, tranquila- Bueno…No me gusta dar miedo, no me gusta en absoluto. Detesto ver la mirada de los hombres que temen mi ira, no aguanto escuchar sus respuestas tartamudeadas porque no saben cómo complacer alguna petición y están aterrorizados por la amenaza de mi ira.

Denzel no comprendía porque la mujer le estaba dando ese discurso, pero le estaba provocando impaciencia y nerviosismo. No sabía si le estaba hablando sólo para hacerle perder fuerza, o para generarle algún tipo de sensación, pero lo único que podía hacer para llegar a entenderlo era seguir escuchando.

-          ¿Para eso habéis orquestado todo esto? –preguntó, inquieto- ¿Para contarme vuestra vida?

Ella no respondió, le limitó a sacar un pequeño cuchillo extremadamente afilado que llevaba oculto en la muñeca. El brillo del metal destacó en la oscuridad de la noche y el traidor creyó ver reflejado su rostro en la hoja.

Lady Oblondra acercó la punta del cuchillo a la mano de Denzel, acariciando con la misma suavidad que antes habían tenido sus dedos la piel tensada del hombre, resiguiendo tendones y venas como si estuviera dibujándolos.

-          Creía que no os gustaba dar miedo – susurró el soldado, mirando la hoja afilada sobre su piel.
-          Y no me gusta –dijo ella, seriamente – Pero cuando debo hacerlo, lo hago increíblemente bien

Lady Oblondra hizo un gesto muy rápido, cortando el dorso de la mano de Denzel profundamente, rompiendo aquellos tendones y venas que antes había estado resiguiendo con tanto cuidado.
Denzel gritó, sintiendo como su mano perdía la capacidad de moverse y se deslizaba sangrando hasta soltarse de la piedra que con tanta fuerza había estado sujetando. Sus dedos ya no les respondían.
Ahora sólo contaba con la fuerza de un brazo para sujetarse.

No deseaba basar su vida en confiar que la cuerda que la mujer había puesto fuera resistente, pero la noble parecía estar disfrutando con su desesperación.

-          Tus compañeros no llegaran aquí hasta dentro de un rato. –dijo ella, mirándole a los ojos- Y cuando lo hagan, es posible que quieran matarte. Pero antes quiero hacerte unas preguntas

Denzel sólo pudo responder con un gruñido, sintiendo como los dedos de la única mano que aún le sujetaba en la oscuridad de la noche empezaban a ponerse tan blancos como el camisón de la mujer. La otra mano le tenía preocupado. Sentía la sangre goteando, deslizándose hasta caer hasta el suelo tan y como caería él si la noble decidía romper la cuerda que aún le mantenía cercano a la almena

-          ¿Cómo te comunicabas con Lord Crhysos? –preguntó ella, mirándole desde su posición elevada
-          …Telepáticamente- respondió Denzel con los ojos destellando rabia y dolor
-          Eso no ha sido muy inteligente

La noble le cortó la otra mano y Denzel cayó. Sintió como toda la gravedad de su cuerpo se desplazaba de sus pies a su cabeza, provocándole una sensación de vértigo profundamente desagradable que le mareó.

Sin embargo, dos segundos después la cuerda se tensó, desencajándole las muñecas. El hombre lanzó un alarido por el súbito dolor que le subía como electricidad por el brazo, sintiendo como todo el peso de su cuerpo recaía sobre una pequeña y destrozada superficie de su brazo.

-          No creo que puedas resistir mucho así –indicó ella, acercándose al borde y apoyándose en la almena como si estuviera viendo la puesta de sol tranquilamente- Tarde o temprano la cuerda cederá
-          ¡¿O vos os encargaréis de que ceda?!- gritó Denzel, destellando ira
-          Efectivamente. Volvamos a empezar. ¿Cómo te comunicabas con Lord Crhysos?

Denzel cerró los ojos, bajando la mirada. No quería hablar, pero tampoco quería morir. En su cabeza resonaron las palabras que muchos de sus compañeros rebeldes le habrían dicho: “mejor morir con honor”.

Pero él no estaba de acuerdo. Había visto como muchos de sus compañeros morían entre sangre, barro y gritos agónicos. Ninguno de ellos se había ido con paz en sus ojos y el pensamiento de que había hecho lo correcto. Todos veían como el alma se escurría de entre sus dedos para dejarles con un cuerpo mortal, sucio y destrozado.

Había visto a Siete colgando de una cuerda, balanceándose al viento con una expresión grotesca con la lengua hinchada y la cara azul. Había visto la cabeza de muchos de sus compañeros empalada y expuesta a los cuervos, que se daban festines a costa de la carne de color maliciento.

No había honor en la muerte.

Tenía muchas razones por las que seguir vivo y ya había tomado esa decisión hacía mucho tiempo, con lo que iba a llevarla hasta sus últimas consecuencias. Por esa decisión estaba donde estaba, pero por lo menos, vivía.

Y por lo menos, otros también vivían, aunque otros hubieran pagado el precio por él.

-          Si os cuento todo lo que queréis saber, ¿viviré?

-          Depende de si lo que me cuentas me satisface o no –respondió la mujer con una frialdad que le heló los huesos- Es hora que te des cuenta de la posición en la que te encuentras y lo difícil que te será llegar a buenos tratos. Pero puedes intentarlo.

El hombre respiró hondo. No le quedaba otra. Vivir otro día, al precio que fuera, significaría que le estaría dando también otro día a ella.
Con eso bastaba.

-          Sólo hablé con el regente una vez, cuando me reclutó. –explicó Denzel, en un tono cansado- Las otras veces…contactaba con otra persona

-          ¿Con quién? –dijo la mujer, con un deje de impaciencia

-          Con el Capitán de la guardia, lord Ayuso

Lady Oblondra asintió, como si la respuesta no le sorprendiera en absoluto. Eso puso nervioso a Denzel. Si no le decía nada que le interesara a la mujer escuchar, cortaría la cuerda y todo terminaría para él.

Había arriesgado y sacrificado demasiado para que ahora todo se perdiera en una mala respuesta por su parte.

-          ¿Cuándo fue la última vez que te comunicaste con él?

-          No le enviaba mensajes muy a menudo. La última vez fue antes de ir a Teheris.

-          ¿Le hablaste del rescate?

-          Si…pero sólo que íbamos a llevarlo a cabo. No dónde estábamos ni a quién rescataríamos

-          Porque no lo sabías. –dijo ella, calmadamente- Hawk os dijo mi petición de rescatar a Lyra, pero no os contó los detalles hasta que estuvisteis en el pueblo.

Denzel notó como la cuerda empezaba a tensarse, como si estuviera haciendo tantos esfuerzos por resistir como los que había hecho él mientras colgaba de la piedra. Volvió a respirar hondo, obligando a su corazón a no latir más deprisa de lo que le convenía.

-          ¿Le dijiste quienes eran los rebeldes que habían sobrevivido a la purga?

-          …Si

-          ¿Sabe que están aquí?

-          No, yo…

-          Por favor, no cometas el error de mentirme y decir que no ibas a decírselo –comentó la noble golpeando levemente la punta del cuchillo contra la piedra, como recordando su presencia.

-          No le había enviado el mensaje aún –respondió Denzel, aunque no contó que tenía dudas de si enviar esa carta o no. De nada le serviría defenderse.

-          Bien. – el viento les envolvió a ambos, helando la piel de Denzel y alborotando el cabello de la mujer. Esta se colocó bien la capa para no sentir tanto frío- Es una alegría saberlo.

Denzel escuchó de pronto las voces de sus compañeros de armas, el resto de rebeldes, que se movían cerca por el castillo. Miró a ambos lados, intentando ver de dónde procedían sus voces, sin estar muy seguro de si quería que llegasen a su lado o no.

-          No te preocupes. –dijo ella, como si hubiese leído su mente- Tardarán aún en venir. Para tu suerte o desgracia, seguiremos estando solos un rato más. Y ahora dime… ¿te han hecho partícipe de alguno de los cursos de acción que van a tomar?

-          No –respondió él con sinceridad

-          Pues dime qué escuchaste, que oíste, cualquier cosa que te comentasen cada vez que ibas a verles.

Denzel intentó hacer memoria, pues las pocas veces que había visto cara a cara el capitán de su guardia había sido con la excusa de ser él un soldado. Las breves reuniones fingían ser reprimendas que le daba su superior por tal de no llamar la atención de Víctor.

En ellas apenas si intercambiaban algunas palabras, salvo nuevas instrucciones.

Pero una imagen le vino de pronto a la cabeza, como un si un relámpago le hubiese golpeado en la sien.

Y habló. Habló largo y tendido como si en su pecho hubiese existido siempre una gran bolsa comprimiéndole y ahora la noble hubiese hecho un pequeño agujero con ese cuchillo y el aire saliera poco a poco pero sin pausa. Contó todo lo que podía recordar, todo lo que había pensado, lo que le habían dicho, las normas que había seguido. Cualquier información que pudiera interesarle a la noble.

Cuando terminó, un silencio pesado pero tranquilo se posó sobre ellos, como una capa de niebla que les hubiera rodeado y alejado del resto del mundo. Denzel observó a Lady Oblondra y vio que aunque su rostro mantenía la neutralidad, se habían operado en él pequeños cambios, dándole ahora una expresión más…triste. O cansada. Resultaba difícil distinguir la diferencia estando colgado y con el dolor lacerante de sus manos.

-          Ya veo- dijo al fin la mujer, antes de lanzar un largo suspiro al aire de la noche. –De un modo u otro, tampoco me sorprende.

La cuerda lanzó un leve crujido y Denzel vio cómo se estaba empezando a deshilachar. Parecía ser capaz de resistir algo más, pero se obligó a sí mismo a quedarse muy quieto para no forzar más la resistencia de la fibra. La sangre se estaba coagulando en sus brazos y manos, pero las heridas no se cerraban, como si la marca que había dejado en ellas la noble no fuera a desaparecer jamás. Como tampoco desaparecería nunca su traición.

-          Respóndeme a una cuestión de cariz personal, Denzel –dijo la mujer, tras unos minutos en silencio pensativo- Es una pregunta que te harán todos, pero quiero ser la primera en conocer la respuesta. ¿Por qué?

-          ¿Por qué queréis saberlo? – respondió el hombre, sintiendo como empezaban a flaquearle las fuerzas hasta para hablar

-          Porque por tus palabras murieron casi todos tus compañeros. Porque tus acciones me han arrebatado a alguien muy próximo a mí y casi lo consiguen con dos personas más. Porque tu traición ha condenado a una buena amiga mía a pasar por un infierno del que tardará en salir. –En su voz se notaba una ira apagada, oculta, que amenazaba con salir y que Denzel había notado cuando la noble le había clavado del cuchillo- Por esas, y por más razones, tengo derecho a saber por qué el hombre que tengo delante de mí ha causado tanto dolor

-          ¿Queréis saberlo para sentiros menos culpable cuando cortéis la cuerda?

-          Puede. –ella se encogió de hombros y la capa se deslizó levemente, sin que a ella le pareciera importar ya el frío- Al fin y al cabo, el juez debe escuchar al reo antes de condenarle

Denzel notó como sus muñecas crujían dentro de su piel con el mismo tono desesperado que lo hacía la cuerda.

Si iba a morir, ¿Qué más daba guardarse sus motivos? ¿Para qué iba a decirlos? Sería juzgado con la misma dureza, con el mismo desprecio. No importaban las razones por las que él le había dado la espalda a la rebelión, nunca serían lo suficientemente buenas como para que sus antiguos amigos le dieran el perdón.

Todos habían perdido a alguien y había sido, en gran parte, culpa suya. Y como ellos jamás podrían vengarse directamente de Lord Crhysos, lo harían a través de Denzel. Su principal manera de resarcirse sería amargar su recuerdo y no darle descanso a su alma.

Contar o no contar no iba a cambiar nada.

Pero al mismo tiempo si sentía que debía explicarlo, aunque fuera una única vez. Iba a morir por ello, iba a dejar de existir por el sacrificio que había aceptado dar. Si se perdía, si él moría y no se sabía la razón, le embargaría la sensación de inutilidad, de que todo había sido un absurdo y que el sufrimiento que le había dado la culpabilidad habría sido en vano.

Respiró hondo de nuevo. Las palabras se agolparon en su boca, sin querer salir y al mismo tiempo pugnando para escapar por sus labios. Notó como le dolía la garganta.

-          El regente me amenazó con hacerle daño a alguien muy querido por mi si no cumplía con lo que me pedía –susurró al fin, cerrando los ojos, recordando la imagen que lo había acompañado durante todo el tiempo en el que su traición se había extendido.

La vio a ella, a su pequeña, tan diestra y grácil, tan inocente, tan alegre. La vio recibiéndole en la casa que compartían, sonriéndole mientras le mostraba el último vestido que le había hecho y por el que iban a recibir una cuantiosa suma. La vio bailando alrededor de la hoguera junto a Laia una noche de verano, riéndose como la niña que nunca había dejado de ser.

La vio durmiendo en su cama, con los labios entreabiertos, antes que él se fuera a su puesto de guardia a la salida del sol.

Y la vio al lado del regente, mientras él tenía su mano en la fina cintura de ella. Vio la mirada desesperada y la sonrisa maliciosa de él.

Vio las promesas de dolor y perversión que los ojos del hombre transmitían si no se arrodillaba.
Su pequeña, su niña.

-          Me dio a elegir entre matarme en ese instante y hacer lo que le viniera en gana con ella o…-tragó saliva, notando como la garganta era presa de un dolor incontrolable que le dificultaba el habla-…o aceptar servirle a cambio de no tocarle un pelo.

-          Y aceptaste, por lo que veo

-          …No hay honor en la muerte. –el hombre apretó los dientes antes de poder seguir- Tenía que escoger entre mis compañeros o ella. No se puede obligar a un padre a que elija. Les dije a los demás que la había mandado con unos familiares a otra ciudad, lejos de la rebelión para que estuviera segura. Y me creyeron. El resto, es historia.

-          Ya veo.

El viento de nuevo volvió a soplar, aunque esta vez parecía tener menos fuerza. O quizás fuera que las dos personas que estaban en las almenas había dejado de importarles el exterior, como si su mente hubiese tomado control absoluto de sus cuerpos y ya no fuera importante el mundo que les rodeaba.

El traidor vio en los ojos de la mujer la misma expresión que ella adquirió cuando Víctor le había preguntado sobre Laia y su estado. Esa misma mirada de duda, de saber un secreto pesado que desgarraba pugnando por salir, pero que a pesar de que sería mucho más sencillo soltarlo y salvarse de su peso, ella se esforzaba por no contarlo.

El hombre siguió el impulso que lo dominó y en sus labios se formuló una pregunta que en el fondo no quería hacer.

-          ¿Vos sabéis algo de ella? –inquirió Denzel, con esperanza y desesperación a partes iguales

-          …Si, lo sé –expuso ella, con el rostro serio pero el tono entristecido- La pregunta es, ¿tú quieres saberlo?

Denzel sintió un frío muy intenso en su pecho, tan helado que parecía que alguien le hubiese atravesado con una espada de hielo. No, no quería saberlo, no quería…
Pero tenía que conocer lo que la mujer sabía. Tenía que saber cómo estaba su hija.

-          Si –dijo, aunque el temblor de su voz demostró que no estaba en absoluto seguro

Lady Oblondra suspiró, apartando la mirada del traidor y dirigiéndola al paisaje oscurecido que la noche y el castillo le ofrecían. Los pastos, el bosque, el río, las montañas…La luna entregaba su luz sobre ellos y les daba un aspecto pacífico y amenazador a partes iguales.

-          Está muerta, Denzel -ella habló, sin mirarle, en un susurro triste- Y ahora Laia está ocupando su lugar

El frío que Denzel experimentó en su pecho creció hasta que él sintió que se le paraba el corazón. Necesitó unos largos minutos para que las palabras de la mujer se asentaran en su cabeza, se apoderaran de su cerebro y explotaran en la desesperación que había estado latente desde que viera a su pequeña por última vez.

Se lamentó de no haber caído, se arrepintió de haberse cogido a la almena. Apretó fuertemente las manos para que el dolor de las manos, un dolor agónico pero físico, lo arrancase del sufrimiento en el que se estaba hundiendo sin frenos.

Era como si su mente hubiese estado sujeta por una cuerda similar que le aguantaba a él y ahora esta se hubiera roto y él cayera como un plomo en una oscuridad más negra que cualquier noche que el pudiera haber visto jamás. Su cuerpo se convulsionó en un temblor frenético, como si estuviera debajo de un lago helado y necesitase terriblemente un calor que jamás iba a recibir.

Se dio cuenta que estaba gritando cuando sus oídos reconocieron su propia voz, pero no le importó. De hecho, en ese momento ya nada le importaba demasiado.
Suplicó que la cuerda se rompiera.

-          Te toca a ti elegir –dijo Lady Oblondra, y Denzel se sorprendió que pudiera escucharla a pesar del llanto del que en ese momento era presa.

No comprendió la pregunta hasta que vio que de las sombras salía una tercera figura, alguien que les había estado escuchando desde un principio pero que se había mantenido silenciosamente al margen.

-          Te prometí que serías tú quien tomaría la decisión –dijo la noble, mirando al rebelde de pelo desordenado que la acompañaba- Queda en tus manos

El tono de Lady Oblondra seguía siendo triste, pero había recuperado la seriedad, como si ni en la peor de las circunstancias pudiera desconcentrarse o dejar de tener la situación bajo control. A Denzel ya no le importaba. Espera que, fuera quien fuese el que escogiera, cortase la cuerda.

El desconocido se acercó al borde y miró a los ojos del traidor, pero este le ignoró y se abandonó al llanto, a las maldiciones y a los gritos de dolor. No había nada, ni nadie, que pudieran sanarle de la herida que las palabras de la noble le habían infligido. No había odio suficiente en el mundo para dedicárselo al asesino de su hija, ni pena posible de sentir para poder soltar todo el padecimiento que se agolpaba en su pecho.

La noble le dio a Hawk el cuchillo en un gesto cariñoso antes de alejarse unos pasos, dándole espacio. Ella sabía qué decisión sería la que ella hubiese tomado, pero no iba a faltar a su palabra. Nunca lo hacía y por ello únicamente la daba en contadas ocasiones.
Esta, había sido una de ellas.

Hawk miró la cuerda, tensada y fácil de cortar. Vio al que había sido su amigo deseando la muerte, herido y destrozado.
Y sintió lástima.
Pero también sintió rabia.

Ambos sentimientos se mezclaban y peleaban en su pecho, como dos perros que quisieran tomar el dominio y el uno tuviera que matar al otro para poder tomar una decisión.

No necesitaba hacer un gran esfuerzo para acordarse de todo lo que otros habían sufrido por la traición de Denzel. Él había estado allí, en primera línea, y las imágenes de toda la muerte que había presenciado lo perseguirían hasta atraparlo en las pesadillas que tenía casi todas las noches. Sólo el tiempo y unos brazos cálidos que lo acunaban podrían borrar esos sueños en los que la sangre le salpicaba el rostro y sus antiguos compañeros gritaban su nombre en la desesperación de la muerte.

Él mismo había estado a punto de morir. Había vagado durante días, pasando hambre, sueño y frío, huyendo como un perro de sus perseguidores y movido únicamente por una voluntad que aún ahora se sorprendía de haber tenido.

Odiaba a ese traidor más de lo que detestaba a cualquiera que sirviese al regente.

Pero veía el sufrimiento al que había caído y no podía evitar que la compasión hiciera temblar su mano. Él había conocido a su hija y podía comprender por qué un padre lo arriesgaría todo por ella.
El también arriesgaría su vida por la persona que quería.
Pero su vida.
No la de otros.

Acercó el cuchillo a la cuerda, sintiendo como los dedos se ponían blancos de la fuerza con la que sujetaba la afilada arma. Si lo hacía, nadie le juzgaría. Ninguno de sus compañeros le llamaría injusto.
De hecho, la mayoría dirían que había tomado la decisión correcta. Y los otros asentirían con la cabeza sin lamentarse por la muerte de un traidor.

Sólo tenía que cortar, un pequeño gesto…
Pero no lo hizo. Apartó la mano y dejó que el cuchillo cayera al suelo en un metálico estrépito

-          Te dejaré vivir- dijo, con voz firme y mirando al paisaje nocturno, aun sabiendo que los otros dos le escuchaban perfectamente- Te dejaré vivir sabiendo que has causado la muerte de personas que hubiesen dado la vida por ti.

Sintió la mano de la noble en la mano que había sujetado el cuchillo, estrechándola cariño. Hawk lanzó un suspiro, sintiendo que la decisión, aunque seguía teniendo el mismo peso, no era una carga con la que no pudiera lidiar.

-          Yo no soy nadie para quitársela –continuó Hawk, mirando a la mujer con ojos tristes- Aunque sea un asqueroso traidor.

-          Llamaré a los guardias para que se lo lleven.

14- En caza y captura

La puerta se abrió bruscamente, haciendo que Lyra diera un respingo en la cama. Se sentó en ella, tratando de ver en la oscuridad, súbitamente intranquila.
Tanteó la mesilla de noche en busca de un fósforo, pero unos pasos adentrándose en la habitación hicieron que detuviera la mano.  Intentó ver quién había entrado, pero sus ojos solo vieron una silueta recortada contra la ventana, tres cabezas más alta que ella, sin que pudiera ver más detalles aparte de ser alguien bastante robusto y que parecía sujetar en la mano…un cuchillo.

Lyra frunció el ceño. Tenía la firme intención de vivir y no iba a dejar que la apuñalaran la primera noche que era consciente de su ganada libertad.

-          ¿Quién va? –dijo en la voz más firme que pudo encontrar- ¿Quién eres?
-          ¿Dónde están? –respondió la voz, que le resultó vagamente familiar, como si hiciera mucho tiempo que no la escuchara y al mismo tiempo hubiese resonado en sus oídos últimamente- ¿Dónde los guarda?

Había algo en el tono de aquel hombre misterioso que la intranquilizó. Quizás fuera la nota de desesperación, o quizás el matiz de violencia escondida bajo presión que amenazaba con explotar al mínimo espanto.
Ella había escuchado muchas veces aquella inflexión de voz, en los enemigos que le habían lanzado amenazas antes de desenvainar las espadas. Siempre lo hacían para dar más seguridad a sus manos, pero el temor no les dejaba pensar con claridad y terminaba siendo el causante de su derrota.
Pero les hacía tomar decisiones equivocadas e impulsivas. Les hacía más peligrosos, pues no se podía realmente razonar con ellos.

Lyra pensó que, en el estado en el que se encontraba, lo mejor era sin duda no provocar mucho la ira de ese desconocido, no hasta que cerca de sus manos hubiera por lo menos algún tipo de arma.

-          ¿Qué buscas? –dijo ella, en el tono más afable que supo poner- Esta habitación no es mía, pero puede que…
-          ¡Los documentos! –gritó el intruso, rebuscando por la habitación con la poca luz que entraba por la ventana- ¡Los documentos de Oblondra!

El desconocido le dio la espalda y se dirigió a la mesa, rebuscando entre los papeles que había y tirando el tintero al suelo. En la oscuridad, Lyra pudo ver como la tinta empezaba a manchar la costosa alfombra que tapizaba el suelo, pero un leve brillo en uno de los rincones de la habitación que reconoció enseguida hizo que su mente empezara a trabajar.

-          Lady Oblondra tiene muchos documentos…-dijo ella, levantándose poco a poco, cuidando de no llamar la atención- Y con esta luz no vas a poder leer…

El intruso parecía ignorarla, pues hacía esfuerzos por mirar todas las cartas abiertas o a medio escribir que había en la pequeña mesa de escritura. Estaba claro que apenas podía distinguir una letra de otra, pero estaba tan desesperado como para no tener un segundo que perder, y lo suficientemente nervioso como para no poder pensar con claridad.

Lyra notó el tacto peludo de la alfombra cuando sus pies notaron el suelo y se alegró de que esta amortiguara el sonido de sus pasos. Por ahora el desconocido no parecía muy interesado en ella, pero cuando la frustración se adueñara de él, ella sería la primera sobre la que recaería la rabia. Y no pensaba permitirlo.
Con cuidado, casi deslizándose por la habitación, Lyra se fue acercando a lo que creía que estaba oculto entre las sombras, esperando no haberse equivocado.

Su mano tanteó el espacio en el que creía que estaría lo que buscaba mientras seguía manteniendo la mirada fija en el intruso, que empezaba a perder la paciencia mirando en papeles que no podía leer. Ella movió la mano, desesperada por no encontrar nada y durante unos instantes pensó que se había equivocado y que su única salida sería intentar huir por la puerta a riesgo de ser atrapada en mitad del camino por culpa de su debilidad.
Pero no iba a quedarse quieta simplemente porque las opciones estuvieran en su contra…

Y entonces, notó que algo le lamía la mano. No pudo evitar sonreír levemente, a pesar del nerviosismo que la atenazaba y que tenía el corazón latiendo fuertemente en su pecho.

-          Seas quien seas, márchate ya –dijo Lyra, en el tono imperativo que antaño había utilizado para guiar a treinta hombres en un barco sin más ayuda que su voluntad-

El extraño la miró como si acabara de acordarse de que ella estaba en la misma sala que él, pero tras los segundos de desconcierto, a Lyra le pareció que toda la histeria se concentraba en un fuerte sentimiento de enfado.

-          ¿Tienes tú los documentos? –preguntó, ignorando la petición de la capitana
-          No sé de qué documentos me hablas –respondió ella, aún sabiendo que no serviría de nada intentar convencerle
-          ¿¡Dónde están!? –dijo él, acercándose a ella peligrosamente, apretando el cuchillo en su mano como si quisiera romperlo.

Lyra dio unos pasos atrás, golpeó levemente a su aliado como sabía que debía hacerlo, notando como de pronto este se removía y se crispaba, tensándose y a la espera. Pero debía ser paciente, por lo que se echó aún más para atrás hasta que su espalda rozó con el tapiz de la pared y el hombre estuvo tan cerca de ella que si hubiese alargado la mano le hubiese rozado la nariz.

-          ¡Ataca!- gritó, esperando que su memoria no la traicionara y que esa fuera la palabra adecuada y no otra.

Media fracción de segundo después el perro saltó con el rostro generalmente afable transformado en la verdadera cara de la rabia. Sus dientes encontraron la muñeca del sorprendido intruso, que se impulsó para atrás y puso los brazos delante de su cuerpo instintivamente, cosa que lo salvó de no recibir un bocado en el cuello.
Mientras peleaba porque el perro le soltara la carne que empezaba a ser perforada por unos dientes especialmente testarudos, Lyra se alejó rápidamente y abrió la puerta, dispuesta a salir corriendo de aquella habitación.
Frenó en seco su huida cuando vio que por el pasillo venían a toda carrera uno de los rebeldes que la había rescatado y una chica vestida de cazadora que no recordaba haber visto nunca. Ambos se sorprendieron al verla y aceleraron sus pasos, pero estaban demasiado lejos para ella gusto de la capitana.

-          ¡Deprisa! –gritó, justo para escuchar un segundo después el chillido de dolor del pobre animal y notar una fuente corriente de aire que le golpeaba la espalda que le hizo tener un escalofrío.

Tuvo tiempo de girarse y ver como el perro estaba en el suelo, llorando quedamente, mientras el intruso salía por la ventana y se encaramaba a ella, utilizando esa vía de escape desesperada. Se había llevado todos los papeles de la mesa, aunque había algunos tirados de mala manera por el suelo.

Lyra se acercó rápidamente al pobre animal que tan leal había demostrado ser y vio que tenía una herida en el costado, pero que no era demasiado grave.
Hawk y Atheris entraron medio instante después.

-          ¡Por la ventana!- gritó la marinera, señalando el ventanal abierto- ¡Rápido!

Atheris lanzó una mirada de pena sobre el perro, pero no dudo un instante antes de sacar unos extraños guantes y salir por la ventana. Hawk estuvo tentado de hacer lo mismo, pero al sacar la cabeza al frío exterior, cometió el error de mirar abajo, perdiendo el fuelle que le hubiese permitido continuar la persecución.

-          ¡Sube por las escaleras! –gritó Atheris- ¡Le emboscaremos!

Hawk asintió y salió disparado de nuevo al pasillo, orientándose tan bien como le era posible en esas circunstancias. Un par de criados que habían seguido a duras penas al rebelde y a la cazadora entraron en la habitación y atendieron a Lyra y al can.
Mientras, Atheris emprendió la subida, intentando ser más rápida que el traidor.

Los guantes le permitían ir más segura, pues estos estaban hechos de una tela muy especial y rugosa que le daba más fijación a sus manos, además de contar con pequeños ganchos en algunos de los dedos. Eran perfectos para subir árboles, paredes lisas y la mayoría de las superficies, pero la piedra del castillo era resbaladiza y peligrosa, más aún en las frías noches de invierno en la que se cubría de rocío y humedecía toda la superficie.

El traidor debía ser alguien muy fuerte, pues se movía impulsado por sus brazos únicamente, ya que carecía de la habilidad para sincronizar sus piernas con la subida, utilizándolas apenas de sujeción. Atheris sabía que el miedo le movía y eso le hacía más ágil, pero tarde o temprano el cuerpo del hombre se resentiría, mientras que ella se movía sólo por la determinación y podría resistir un temporal si fuera necesario.
No obstante, no estaba recortando distancias.

La habitación de Lyra no estaba muy lejos del tejado de teja nacarada del castillo, por lo que el traidor no tardó mucho en llegar arriba del todo, perseguido por una cazadora que no estaba dispuesta a soltar a su presa. Ya sentía que se había vuelto algo personal de antes, pero que hubiese herido al perro con el que tantas horas había jugado e incluso cazado le había hecho hervir la sangre y parecía estar dominada por algún espíritu vengativo que la transformaba en una auténtica araña trepadora.

El hombre llegó arriba y se puso de pie, pero resbaló encima de algunas tejas y estas cayeron hacia abajo. Atheris bajó la cabeza y cerró los ojos mientras estas cayeron sobre suyo, notando como las manos tenían que sujetarse con demasiada firmeza a las imperfecciones de la pared por tal de no caer al vacío. Pero al fin la avalancha cesó y ella pudo seguir con la persecución, aunque se sentía un poco mareada y una cálida sensación líquida que le empezó a manchar el cabello le explicó por qué.

Cuando al fin llegó arriba el hombre intentaba correr sobre las tejas, pero sin demasiado éxito. Había descubierto que perdía más tiempo levantándose cada vez que se caía y que era más prudente ir andando deprisa que al trote bajo el riesgo de despeñarse. Sin embargo, Atheris no estaba dispuesta a darle más ventaja y se arriesgó a caer reiniciando la carrera, sorteando con habilidad las tejas más peligrosas y saltando cuando sentía que su pie dejaba de notar un agarre firme. Pero empezaba a sentir como sus piernas se quejaban de dolor por el esfuerzo y su cabeza empezaba a martillearle con cada latido de corazón.

Maldijo en todos los idiomas mientras apretaba los dientes y fruncía el ceño. No pensaba fallarle a su señora, ni iba a dejar que su cuerpo lo hiciera por ella.

El viento invernal les rodeaba y movía sus cuerpos violentamente a aquella altura, arrastrando con él los olores y sonidos de la noche distorsionados. La luna les alumbraba amablemente, cayendo sobre ellos como un manto plateado que les permitía ver dónde ponían los pies sin despeñarse, aunque alguna ocasional nube con deseos de verles morir cubría la luz y los dejaba casi en la completa oscuridad.

Parecía que el traidor iba a conseguir llegar a una de las torres que hacía esquina en el castillo, continuando con la persecución más de lo que Atheris podría resistir. Si llegaba allí…No le sería difícil bajar rápidamente las escaleras mientras ella trataba de escalar la torre, ganando demasiada ventaja, y entonces perdería el rastro.
Pero entonces, desde la parte superior de la torre, saltó Hawk casi delante del hombre, cayendo pesadamente sobre las tejas, que se rompieron por el impacto y cayeron al vacío.

-          ¡Tú! –gritó el rebelde, con el rostro mezclado por la amalgama de emociones que lo modificaban. Los ojos brillaban por la ira, pero la expresión era de dolor, pena y dolor, mientras que los labios estaban crispados por la sorpresa y la ira.

Pero no obtuvo respuesta, pues al aparecer de golpe había asustado al traidor y le había hecho dar un resbalón, cayendo al suelo y deslizándose tejado abajo. Atheris y Hawk intentaron seguirle mientras el hombre movía las manos desesperadamente para encontrar algún asidero, pero no había manera segura de hacerlo sin matarse ellos también.

-          ¡Sujétame! – gritó Atheris, atando una fina cuerda alrededor de su cintura y dándole el extremo a Hawk, para después lanzarse bruscamente detrás del traidor.

Ganó demasiada velocidad para su gusto, pero no la suficiente como para llegar a tiempo. Alargó las manos para poder atrapar a su presa, pero sus dedos apenas lograron rozar la tela. El traidor vio sus intenciones e intentó atrapar sus manos, pero la caída era desigual, brusca y lo suficientemente caótica como para hacer muy difícil que las manos consiguieran coordinarse para algo más que para recibir golpes.
Con un grito desesperado, el hombre cayó.
Y ella iba detrás.

Intentó frenar su caída con las manos, pero estaba obteniendo el mismo resultado que el pobre desgraciado. El viento le silbaba en sus oídos como un grito constante y el final del tejado se acercaba peligrosamente como una invitación que no puede ser rechazada. Sentía como en su estómago iba creciendo un nudo y la sensación de vértigo traicionaba a unos ojos que empezaron a llorar por el impacto del aire sobre ellos. 
Medio cuerpo se deslizó fuera del tejado antes que la cuerda de la cintura se tensara y tirara de ella bruscamente, haciéndole daño, pero mucho menos del que realmente podría haber sufrido de caer.
Sin embargo, vio algo que le alivió la frustración por su cacería fallida.
El traidor no estaba muerto, sino sujetándose desesperadamente a una almena. Aún podría capturarlo.

La cuerda empezó a deshilacharse y Atheris pensó que era un buen momento para empezar a subir. Con mucho cuidado y con la ayuda de Hawk, logró escalar de nuevo el tejado hasta llegar junto al rebelde.

-          ¿Estás bien? –preguntó él, preocupado sinceramente como si hubiese olvidado todo el asunto con el traidor
-          Si…si – respondió ella, algo conmocionada y aun notando la herida en su cabeza palpitando con fuerza. – No le hemos perdido. Está abajo.
-          Vamos pues… ¿estás herida? –dijo Hawk mientras iba andando con cuidado hasta llegar a la torre, dispuesto a trepar lo que había subido para desandarlo a toda prisa
-          No es nada. Se me curará - contestó, encogiéndose de hombros
-          Estás llorando – comentó el rebelde, en un tono tranquilo como quien no quiere la cosa

Atheris se dio cuenta entonces que tenía los ojos acuosos y que hacía ya rato que estaban llorando. Por primera vez desde que empezara a correr, se fijó en el estado de su cuerpo. Notaba el corazón a mil por hora y le temblaban las manos, además de sentir un cosquilleo en los músculos que hacía que tuviera ganas de tumbarse y no levantarse. Sintió como la adrenalina empezaba a abandonar el riego sanguíneo, dejándola tirada cuando seguía necesitando tener el cuerpo alerta.
Lo que más le molestó, fue que Hawk se hubiera dado cuenta de que lloraba. Tenía impulsos de decirle que había sido el viento de la caída, pero al mismo tiempo sentía que explicar eso sólo la haría quedar en evidencia.


-          Déjame en paz –dijo, enfurruñada, y empezó a escalar la torre.

13- La noche del traidor

La noche ocultó los gritos, el llanto y el dolor de Ayla, como ocultó todos los sonidos que pudieran perturbar el aparente sueño tranquilo que los rebeldes estaban disfrutando en la gran estancia que Lady Oblondra les había cedido.
Pero la sombra que se ocultaba en el escondrijo que le permitía observarles al detalle sabía que ninguno de ellos se había acostado con la mente tranquila, cada uno por su razón. Echados en sus camastros de paja improvisados, con mantas de lana gruesa, estaban más cómodos de lo que nunca habrían estado en el bosque o en una cueva, pero las noticias que habían recibido en la conversación con la noble les habían cortado cualquier posibilidad de una noche de verdadero descanso.

El mañana resultaba amenazador para la mayoría de ellos. La existencia del traidor colgaba por encima de ellos como una espada de Damocles que fuera a caer en cualquier momento, pero no lo haría sólo sobre uno de ellos, sino sobre todos.
Al fin y al cabo, fuese quien fuese el que les había vendido, su presencia les heriría a todos. 

La sombra que les espiaba se removió un poco en su escondrijo, incómoda por mantenerse en estricta quietud durante tantas horas. Aún olía a caballo y nada en el mundo le hubiese gustado más que darse un buen baño con agua caliente y dormir toda la noche en una de las confortables camas del castillo, pero el deber le impedía pegar los ojos. Mantenía la capucha cubriéndole el rostro, aunque estaba tan bien escondida que no resultaba necesaria.

Escuchó a Víctor murmurar algo entre pesadillas y lanzó un silencioso suspiro. Se había interpuesto entre el rebelde y su señora porque había visto verdadero dolor en los ojos de aquel hombre desesperado y porque sabía que en un momento de rabia podría haber llegado a herirla. Pero sentía simpatía hacia él. No podía culparle por haber reaccionado por esa manera, y por ello deseaba que no fuera Víctor el traidor que buscaba.

Oyó a uno de los gatos del castillo maullar insistentemente, el viento colarse entre los postigos de algunas ventanas y el roce de las mantas al ser recolocadas entre las nieblas del sueño. Era tal la quietud y tranquilidad del momento que por un instante se planteó si no podría echar una cabezadita en algún momento.
Resultaba tan tentador…

De pronto el crujido de la paja le hizo ponerse en guardia. Había pasado toda la noche escuchando cómo los durmientes se movían y sabía reconocer cuándo alguien cambiaba de postura y cuándo alguien se estaba levantando. Y en ese caso, era lo segundo.
Se mantuvo inmóvil, observando los cuerpos, hasta que sus ojos acostumbrados a ver un ratón en la oscuridad del bosque vieron cuál de los rebeldes era el que estaba despierto. Era de complexión musculosa y alta, el típico hombre que lucha con la fuerza de sus brazos y tiene la ventaja de ser robusto.
Cuando finalmente se levantó, ella a ella le pareció reconocerlo. Lady Oblondra le había indicado que ese tenía el nombre de Bardo.

El rebelde se levantó con cuidado, tratando de no hacer ruido. Era más ágil de lo que parecía, pero eso no evitó que chocara levemente con otro rebelde dormido, el que hacía llamarse Hawk. Bardo se quedó quieto hasta que creyó que el otro seguía perdido en el reino de los sueños, y salió de la sala de puntillas.

Atheris se mantuvo en las sombras hasta que lo vio pasar. La idea desesperada de su señora parecía haber funcionado.
Con el cuidado de un gato que pretende cazar un ratón desprevenido, la misteriosa muchacha con ropas de cazador se deslizó con cuidado fuera de la estancia. Llevaba unas botas de cuero blando que le permitían dar pasos sin hacer apenas sonido alguno, lo que, sumado a su habilidad por escurrirse entre las sombras, la hacían casi invisible.
E indetectable siguió por los pasillos a Bardo, quien parecía moverse demasiado rápido para alguien que no tiene nada que esconder.

Lo que no sabía la mensajera era qué haría una vez lo tuviera acorralado. Por experiencia sabía que los animales puestos contra las cuerdas eran los que más ferozmente luchaban en busca de una esperanza mínima. Si se daba el caso de tener que defenderse de aquel rebelde tendría que hacer uso de toda su habilidad para detenerle y no fallar a su señora.

Recordaba la conversación que había tenido con la noble. Era de vital importancia encontrar el hombre que les estaba pasando información a sus enemigos, pues ahora todos ellos habían visto el rostro de Lady Oblondra. Si el traidor lograba llegar a su destino, lord Crhysos la condenaría a muerte junto a todos sus sirvientes, entre los cuales se incluía ella misma.
Su señora había confiado en sus manos su futuro, su vida y el de todos los que sufrirían a manos del regente si llegaban a descubrirla. No podía fallar.
Simplemente, no podía permitirse un margen de error.

El rebelde se quedó quieto en un cruce de caminos, mirando a ambos lados. A Atheris le pareció que Bardo se ponía nervioso, como si la indecisión hiciera que cada segundo que pasara fuera cada vez más pesado y angustiante. La cazadora sabía que el traidor iría a la habitación donde estaba durmiendo Lyra, en donde creía que habría la información que le delataba, y que no tenía mucho tiempo para hacerlo antes de que alguien reparara en su ausencia. De ahí su nerviosismo…

De pronto el rebelde se decidió por uno de los dos lados y empezó a correr. A Atheris le sorprendió el súbito cambio de ritmo, pero no se dejó amilanar y lo siguió a la misma distancia. Ella se enorgullecía de tener un físico capaz de aguantar horas persiguiendo a su presa y ahora no iba a dejar que esta se le escapara.
Pero le pareció que para estar tan interesado en encontrar la habitación de Lyra, el traidor iba un poco perdido.

Bardo daba signos claros de hallarse extraviado, porque iba por los pasillos a toda velocidad sin seguir realmente un camino lógico. La cazadora empezaba a plantearse qué plan debía tener ese hombre.
Quizás, se dijo, no tenía intención de ir a buscar ninguna prueba en su contra y su único plan consistía en huir al refugio de la noche…

Eso puso más nerviosa a la joven cazadora. Si se detenía en la habitación donde descansaba la pirata, no tendría problema alguno en acorralarle, pero si lograba llegar a la salida del castillo, o peor aún, a los establos…Entonces la persecución sería mucho más desesperada. Y Lady Oblondra había dejado claro que deseaba hacerle unas cuantas preguntas al traidor antes de que este muriera.

El rebelde pareció dar un suspiro de alivio que descolocó a Atheris y entró en una habitación que no olía precisamente lo que se decía a rosas. Cuando la mujer encapuchada escuchó el inequívoco sonido de alguien que está aliviando la urgente necesidad de su vejiga, tuvo la tentación de lanzar una maldición a viva voz.
Este no era el traidor. Sólo era un pobre que no sabía dónde estaba el baño

Justo cuando iba a dar media vuelta enfurruñada para regresar al punto de partida, oyó unos pasos que se acercaban. Maldijo la suerte que estaba teniendo aquella noche, pues no le daba tiempo a esconderse adecuadamente, ni tenía tampoco muchos rincones en los que ocultarse en aquella parte del castillo.

Por el pasillo por el que ella había venido persiguiendo a Bardo apareció Hawk, con cara de medio dormido, pero con una expresión firme. Cuando la vio parada en mitad del camino frunció el ceño, pues pareció reconocerla del encuentro en el comedor, aunque ella seguía llevando la capucha que la protegía de miradas indiscretas como aquella.
Hawk se acercó a ella y la miró con expresión severa, casi enfadada.

-          ¿Este es el plan? –dijo con voz ronca, a medio despertar- ¿Perseguirnos por los pasillos hasta que el traidor se delate?
-          Si vosotros lo hubierais descubierto por vuestra propia mano, esto no sería necesario- respondió ella

Casi inmediatamente de haber dicho aquellas palabras se arrepintió de haberlas pronunciado. La voz femenina que las había soltado sin pensar por el enfado la delataba. El hecho de ser mujer no le molestaba a ella, pero al parecer si al resto del mundo, pues en cuando descubrían que no era un varón tendían a tratarla con menos respeto.
Y eso Atheris lo detestaba. No esperó a escuchar la respuesta de Hawk, pues se esperaba algún tipo de comentario despectivo o burla.

-          Volved a la estancia. –dijo, secamente- Y no hagáis ruido. Seguiré tratando de llevar a cabo el plan hasta que salga el traidor
-          Eso si hay un traidor –respondió Hawk, con fuego en los ojos- ¡Nos habéis acusado y ni siquiera estáis segura de que exista uno!
-          ¿Qué ocurre…?

La voz de Bardo impidió que Atheris pudiera responder con su lengua o con su puño cerrado y tuvo tiempo de serenarse. Bardo les miraba con la sorpresa en su mirada, sin comprender por qué de pronto había tanta gente en un pasillo solitario, aunque también era muy consciente que en su desesperada carrera a la letrina no se había fijado demasiado bien en su alrededor.

-          No importa. Seguidme los dos hasta la habitación, maldita sea.

El camino de vuelta fue humillante para Atheris, aunque ninguno de los tres medió palabra. Se había convencido tanto de que Bardo era el traidor que la decepción que sentía al haber fallado la enfurruñaba y le impedía tranquilizarse completamente. Sentía que ahora era casi una cuestión personal.
Por el contrario, Bardo parecía bastante satisfecho ahora que su cuerpo ya no le pedía a gritos bajarse los pantalones. Hawk estaba más relajado, como si el enfado hubiera desaparecido de su mente en cuestión de segundos y de vez en cuando hacía alguna broma con el otro rebelde. Si no hablaban más entre si era por las miradas furibundas que Atheris lanzaba.

Llegaron a la encrucijada en la que Bardo se había detenido, cuando de pronto, Atheris escuchó el sonido de unos pasos correr sin miramientos por el suelo de piedra del pasillo contrario al que ellos venían. Cuando miró en la dirección del sonido, vio una figura escapando, alejándose cada vez más de ellos.
En dirección a la habitación de Lyra.

Lanzó una mirada a los dos rebeldes y notó en sus ojos la misma expresión que seguramente ella tendría en su rostro cubierto por la capucha. Medio segundo después empezó a correr como alma que persigue el diablo detrás del desconocido, con la determinación de un cazador que no piensa dejar que su presa se escape.
Oía a sus espaldas los pasos de Bardo y Hawk, que parecían haberse sumado a ella en la captura del traidor, pero no tenía tiempo para gritarles que se fueran. La adrenalina que corría por sus venas hizo que todos los detalles se hicieran más nítidos en su mente, como si sus ojos estuvieran planeando de manera independiente a su cerebro.
El traidor no corría tan rápido como ella, ni parecía saberse el camino con determinación. Era sólo cuestión de tiempo que lo atraparan.

Atheris aceleró tanto como sus piernas se lo permitieron, hasta que sintió que todos los músculos de su cuerpo le dolían y dejaban de ser suyos, como si ella sólo estuviera ocupando la carne de forma temporal y esta decidiera moverse por su cuenta.
Sentía la capa hondeando y por un instante estuvo tentada de quitársela para poder desplazarse mejor, pero sus manos estaban demasiado centradas en la carrera como para poder hacer otro gesto.

Estaba tan cerca…

Pero él se sabía perseguido, por lo que aumentó el ritmo. El traidor pasó al lado de una mesa que tenía algunos jarrones delicadamente decorados con flores y la tiró al suelo en un solo gesto, demostrando que era lo suficientemente fuerte como para hacer eso y no detener la carrera.
Atheris saltó por encima de la mesa, pero tuvo la mala suerte de caer encima de uno de los jarrones que habían permanecido intactos en el suelo y resbaló, deteniendo la carrera de golpe. Bardo y Hawk no iban a poder saltar el mueble y estaban rodeándolo, perdiendo unos segundos preciosos de tiempo que la muchacha supo que no iban a recuperar.

En un gesto desesperado, Atheris desenfundó rápidamente uno de los múltiples cuchillos que llevaba y se lo lanzó al traidor.
Le dio de refilón, en el hombro. Ella lanzó una maldición, pues el hombre, a pesar de haber hecho un gesto de dolor, no paró la carrera y se alejó de ellos por los pasillos.

-          ¡Huye, cobarde! –grito Hawk, ayudando a Atheris a levantarse, con la cara roja por el esfuerzo de la carrera y crispada por la rabia- ¡Corre perseguido por la vergüenza!
-          No irá muy lejos –dijo Bardo, en tono muy serio- Se dirigirá a la habitación de Lyra. Seguidle, mientras despierto a los demás.

Atheris calculó mentalmente el camino más rápido a la estancia donde descansaba la capitana, pero si quería llegar a tiempo tendría que hacer acopio de todas sus fuerzas. No prestó atención a cómo Bardo regresaba, pero si miró a Hawk fijamente, con el rostro serio.

-          Pase lo que pase, no me retrases 


12- Ayla

Lejos, en otro castillo, el fuego crepitaba con saña y fuerza, crugiendo cada pocos minutos como si una criatura hecha de calor rompiera los gruesos troncos a mordiscos. Fuera, el viento silbaba con su melodía habitual como si quisiera comunicarse con todas las criaturas de la noche que tiritaban a su paso. De lejos se oían algunos maullidos de gatos, vuelos de pájaros descontrolados y el incesante ladrido de un perro guardían que veía enemigos en todas las sombras.
Pero no eran esos sonidos los que mantenían despierta a la muchacha.

De hecho, ese ruido nocturno la tranquilizaba. Acostumbrada a él desde hacía ya cierto tiempo, era su pequeño arrullo, su nana rutinaria que empleaba para tranquilizarse a falta de mejores cantos. Ni el viento, ni los aullidos, ni el fuego podían ponerla nerviosa.
Lo único que le causaba autentico temor era el simple sonido de unos pasos acercándose y el sonido de una puerta bien engrasada abriéndose con calma.

Respiró hondo bajo las sábanas de seda y lana, intentando calentar un cuerpo que sufría de un frío que no era físico.  El corazón le iba a un ritmo normal y aún así sentía que le presionaba el pecho, angustiado, sabiendo que tarde o temprano iba a acelerarse como una paloma a punto de ser atrapada por un gran felino hambriento. Notaba una sensación de vacío en el vientre, que al mismo tiempo le quitaba todo el apetito y la sumía en un estado de constante angustia y desazón.

Volvió a respirar hondo, notando que era tan inutil como intentar secarse en medio de una tormenta. No era aire lo que le faltaba a sus pulmones, a pesar que cada pocos minutos debía obligarse a si misma a respirar con profunidad suficiente como para colmar su cuerpo de oxigeno, pues si no se daba cuenta, se dedicaba a inspirar pequeñas y tímidas bocanadas.

No temía por su vida. No, más bien, su vida ya no tenía tanto valor como para temer por ella. La muerte ya no era un esqueleto vestido de negro que pondría sus finas falanges sin carne alrededor de su cuello y se llevaría su alma. Ya no era un ente con guadaña que implicaba el fin de todo el sentir.
Era un fin, de eso no había duda, pero ya no le suponía un problema esa idea.

Lo que temía era la propia esencia del miedo. Se había apoderado de su carne, de sus huesos, de su esencia como un parásito que va adueñándose del cuerpo que habita hasta fundirse en un solo ser. Como una sustancia negra y pegajosa, atrapaba su alma y la asfixiaba.
Quizás por eso necesitaba respirar hondo de vez en cuando.

Lo peor de todo, lo más triste, es que no había actos de valor que pudieran liberarla de esa enfermedad llamada terror. Estaba condenada, porque por muchos actos rebeldes que hiciera, por muchas actuaciones temerarias que llevara a cabo, sentía que jamás podría librarse del miedo, que nunca podría correr tanto, ni tan lejos, como para deshacerse de esa sensación.

¿Era el dolor? ¿Los gritos, las amenazas? ¿La certeza de saber que si la descubría, moriría en la tortura?
No…era la costumbre. La costumbre había dejado que el miedo se apoderara de ella. La costumbre a pensar que no había alternativa. La costumbre a creer que ella estaba enjaulada lo que le había hecho olvidar lo que significaba huir.
El cuerpo puede aguantar cierta cantidad de tensión. Los primeros días había estado aterrorizada, pero pronto el miedo supo acomodarse y ahora sólo le daba la dosis de temor adecuada para agotarla. Al principio había sentido deseos de rebelarse, de tomar cartas, de evitar que las cosas fueran como son, pero luego…
Luego vino la costumbre.  Y contra ella ya no supo cómo luchar.
El corazón latió violentamente contra su pecho, tan fuerte que casi imaginó que las costillas no podrían retenerlo dentro de su cuerpo. Atrapó las sábanas con fuerza, hasta notar que las uñas podrían haberlas desgarrado si hubiese tenido el valor de mover los brazos medio milímetro. 
Oía los pasos acercándose.
Y pocos segundos después, la puerta bien engrasada abriéndose con calma.

Cerró los ojos, procurando que pareciera que seguía dormida. Su mente más racional le decía que era una estupidez, pues ningún cuerpo que descansa se encuentra jamás tan rígido y quieto, ni tiene una respiración tan desacompasada, ni siquiera teniendo una pesadilla de las que te persiguen tras despertar. Pero en aquellos instantes que se le hicieron eternos, sólo se le ocurrió fingir sueño, pues no deseaba ver como él se paseaba por la habitación.

-          Buenas noches, Ayla –comentó él, sin que ella supiera qué estaba haciendo- Hoy he llegado un poco más pronto que de costumbre

Le llegó el tintineo del broche de la capa cayendo al suelo y la ropa de tela excesivamente cara crujiendo con suavidad. De tantas veces que había escuchado ese sonido, ya podía diferenciarlo de cualquier otro.

-          Buenas noches- dijo ella, en un tono tranquilo

Las palabras le sabían a ceniza y el vacío en su estomago acrecentaba con cada palabra, pero ella sabía que a ojos de cualquiera que la escuchara, parecería sosegada y en calma.
A ojos de cualquiera, excepto de él.

-          ¿Has tenido un buen día? –comentó el hombre, quitándose en un pequeño esfuerzo las botas de cuero de calidad de caña alta y dejándolas de cualquier manera por el suelo
-          Si
-          Entonces ha sido mejor que el mío, sin duda –continuó él, deshaciéndose poco a poco del chaleco bordado

Ayla tragó la saliva que se había acumulado en su boca, pues cuando él se encontraba en la habitación, le resultaba difícil acordarse de moverse incluso para respirar.

-          ¿Qué os aflige, mi señor?
-          Lo mismo que ayer, chica – él se levantó para quitarse el cinturón, pero a diferencia del resto de su ropa, no lo dejó por el suelo sino en la mesilla de noche que tenía al lado
-          -¿Os…?-Ayla respiró hondo, de nuevo- ¿os siguen sin llegar informes de los rebeles?
-          Así es –se sirvió un poco del vino que los sirvientes habían dejado convenientemente en una jarra, pero no llenó demasiado la delicada copa de cristal- Parece que se han esfumado de la faz de la tierra. Y lord Arkauz con ellos.
-          Lo lamento mi señor
-          Más lo lamento yo, chica –se tomó el contenido de la copa de un trago y volvió a servirse, con la misma tranquilidad que marcaba todos sus gestos- Más lo lamento yo

Nunca le veía con otra expresión en los ojos que la que siempre tenía en el rostro. Su mirada siempre era serena, como si aquellos ojos negros no pudieran transmitir otra cosa que tranquilidad. Pero algunas veces, ella había podido atisbar…había podido ver…

-          Al fin y al cabo, sólo es una cuestión de tiempo

Ayla dio un respingo cuando le escuchó hablar, porque durante unos breves instantes había dejado que su agotada mente divagara lo suficiente como para distraerse. Se sintió, de pronto, muy desprotegida, aunque no supo decir la razón.

-          Sí, mi señor- dijo ella, aunque su voz ya no sonaba tan tranquila

El hombre sonrió y su mirada de ojos negros se clavó en ella. No había nada ni en su expresión ni en su media sonrisa que le llevara a pensar en nada que pudiera ponerla nerviosa, y sin embargo, tenía severos problemas para disimular las intensas ganas de temblar que tenía.
Ella sabía muy bien por qué. Pero también sabía que si dejaba que su mente pensara en ello se hundiría irremediablemente en el miedo y sería mucho peor.
La costumbre, por lo menos, había hecho que pudiera prever como iba a reaccionar.

-          Perdóname, Ayla –dijo él, manteniendo esa media sonrisa que, a todas luces, era sincera – He interrumpido tu descanso y pretendo que estés atenta. Soy muy desconsiderado.

Se sentó a su lado de la cama, dejando la copa de cristal delicado en el suelo, como si no le importase la posibilidad que pudiera romperse algo tan caro y frágil con un solo gesto. A Ayla le pareció una metáfora adecuada, pero no dejó que su mente divagara demasiado por ese sendero.

-          Tendré que compensarte por escucharme a altas horas de la noche a pesar del sueño que seguramente tienes –dijo él, en un tono cariñoso y familiar.

Y con un solo gesto, pasó su mano derecha por la nuca de la muchacha y la besó en la frente, suavemente.
Ayla sintió como el corazón bombeó tanta adrenalina de golpe que perdió el control de su cuerpo y no pudo evitar el escalofrío que hizo que todo su cuerpo temblara.
Si él lo notó o le molestó, no pareció demostrarlo.

La mano que sujetaba firmemente su nuca era cuidadosa, sin apretar demasiado pero sin dejar que el peso del cuerpo de Ayla le hiciera temblar un solo instante. Sus labios fueron bajando por su frente con cuidadosos besos por el costado de su cara, besando sus pómulos, sus mejillas, y finalmente su boca.
Al principio, meramente posó los labios contra los de ella, pero poco a poco, con un tacto propio de quien está pintando una fina línea con un pequeño pincel, su lengua fue acariciando la comisura hasta que ella abrió su boca.

La mano de la nuca estrechó con un poco más de fuerza, hundiendo los dedos en el pelo con un masaje suave que hizo que la piel de Ayla se pudiera de gallina. Ella mantenía los ojos cerrados, sin moverse, salvo para aquellos gestos que no podía evitar hacer, como acomodarse en la cama o mover la lengua ante la invasión de su boca.
De pronto, notó como la otra mano del hombre acariciaba su cuello, atrapándolo como si fuera a asfixiarla, y se tensó. Pero el gesto siguió siendo delicado, cuidadoso, y se limitó a mover de arriba abajo los dedos para toquetear la fina superficie de su piel.
Poco a poco, con exagerada lentitud, la mano fue bajando hasta el escote de su camisón de lino, una pieza de ropa más cara que todas las pertenencias que Ayla jamás hubiera poseído. Y poco a poco, sin detener el beso posesivo, fue desabrochando los botones que mantenían la pieza unida por delante.

Pronto notó como la ropa ya no se mantenía sujeta al cuerpo y se deslizaba por sus hombros, cubriendo únicamente sus piernas. Tiempo atrás, las primeras noches, había sentido vergüenza e incomodidad ante la desnudez, pero ahora le parecía absurdo temer eso cuando había terrores mucho más intensos.

La mano del hombre se deslizó por su escote, sin llegar a tocar los pechos que ahora habían quedado al descubierto, a pesar que cualquier otro varón no hubiese perdido un segundo antes de atrapar con sus manos los senos generosos de la muchacha. Se dedicó a pasar la punta del dedo por el cuerpo desnudo, resiguiendo sus formas como si fuera etérea y debiera ser dibujada en la realidad.

Ella se dejaba hacer, sin oponer resistencia, sin lanzar un solo quejido por su boca. De vez en cuando sentía un escalofrío o respiraba fuerte por la nariz en un gesto que cualquiera pudiera haber confundido con placer. Y no es que su cuerpo no gustara de ser acariciado, era que su mente no podía permitirse dejar de temer.
Sabía que el error que había cometido los primeros días había sido precisamente ese, dejar que su mente creyera que todo se limitaba a…

La mano que recorría su cuerpo siguió moviéndose, aunque ya se había vuelto mucho más atrevida. Cogió la mano derecha de Ayla, que como un peso muerto se dejó atrapar, y la posó en su entrepierna, que hacía ya rato que daba muestras de estar despertándose. Ella notaba el calor emanando a través de los pantalones que él aún no se había quitado, y dejó que sus dedos se posaran encima, sin apartarlos ni moverlos un ápice. Intentó que la tensión no se notara, ni siquiera en eso. 

Dejó de sujetarla por la nuca y la tumbó en la cama con cuidado, impidiendo en todo momento que el pelo se quedara enredado entre sus dedos y pudiera lastimarla. Apartó al fin los labios de los de la chica, pero únicamente para dirigirlos a su cuello para mordisquearlo con picaresca, sin llegar siquiera a hundir levemente los dientes. Respiró hondo, como si quisiera oler profundamente el olor almizcleño del sudor de la chica y lanzó una bocanada de aire cálido sobre la piel de ella, cosa que le produjo de nuevo un escalofrío.

Ella empezó a relajarse, pero muy levemente. Su cuerpo empezaba a abandonarse, pero su mente seguía en la constante tensión a la que se había…acostumbrado.
Quizás podía llegar a vencer el miedo…quizás la costumbre era algo que podía terminar derrotando…
Al fin y al cabo, no le estaba haciendo nada.

Él dejó de mordisquear el cuello para bajar por su escote, besando al fin aquellos pechos que habían quedado al descubierto hacía ya un rato. Jóvenes y turgentes, en el pueblo en el que Ayla había nacido y crecido se había hecho popular entre los chicos por los dones que la naturaleza le había dado. Y recordaba como Víctor se los acarició por encima de la ropa la primera vez que dejaron de tontear y empezaron a reconocer que entre ambos había algo más.
El hombre que ahora se los besaba parecía compartir la opinión de los demás en la cuestión de afirmar que aquella parte en concreto del cuerpo de la muchacha era sin duda tentadora, pues se recreaba en ellos como si no quisiera abandonarlos. La lengua que antes había acariciado la boca de Ayla con pasión tranquila, ahora lamía y daba vuelvas por aquella piel suave y tersa, mientras su mano izquierda jugueteaba con el pezón del pecho que estaba libre.

Ayla no tardo en descubrir que la mano derecha no estaba ociosa, pues en seguida sintió como apartaba la tela de lino que aún cubría sus muslos, subiéndosela hasta la cintura. No sentía vergüenza, y su cuerpo empezaba a sentir coletazos de placer, pero su mente ahora se hallaba confundida.

No podía hacer muchos pensamientos racionales en el estado en el que se encontraba, y sin embargo, si podía sentir como la masa viscosa del miedo que atenazaba su cuerpo parecía ahora… ¿Qué se había ido? Sabía que no, sabía que estaba ahí, pero…pero ya no sentía ese vacío en el estomago.
Era como si su cuerpo hubiese esperado desesperadamente encontrar un clavo ardiendo al que aferrarse, una soga sobre la que aguantar en una mar embravecida a pesar del hecho de saber que un pequeño trozo de cuerda no iba a salvarla de las olas.
Le parecía estúpido pensar que el miedo se había dio. Y sin embargo, ya no sentía desasosiego.

Todas las otras noches él había entrado y se había limitado a desnudarla y golpearla, una y otra vez. La primera noche, ella se había defendido y había sido mucho peor.
La segunda, le había contestado mordazmente y le había dejado el labio hinchado. La tercera, la cuarta y la quinta noche, la golpeó cuando ella no hizo exactamente lo que él le pidió que hiciera.
Y durante una semana, se había limitado a dormir a su lado, sin decir ni hacerle nada, como si ella fuera parte de los muebles.

Y ahora, esa noche, la estaba tocando con un cuidado impropio. Quizás al fin él había comprendido que ella no sabía nada y se limitaría a tenerla de entretenimiento.
Eso podía tolerarlo.

La mano acarició la parte interior de los muslos y se deslizó hacia arriba, hasta tocar con la punta de los dedos la intimidad de Ayla. Ella se estremeció.
Desde que la habían hecho prisionera le habían arrancado la ropa infinidad de veces, la habían manoseado y él la había golpeado, pero hasta la fecha, y por alguna razón que no terminaba de entender, no la había forzado.

-          Eres una muchacha muy bonita, chica…-susurró él, apartando por un momento la boca de su pecho, para volver a besarlo un instante después

Y ella no comprendía, no entendía, y no estaba segura de querer hacerlo. Recordó el primer día que se vio ante él.
Estaba maniatada junto a los demás prisioneros. A su lado estaba Dhaos, con el ojo morado y el brazo colgado inservible, atravesado por lo que parecía un trozo de flecha. Guillem le susurró que todo iría bien, que los encerrarían en una celda pero que conseguirían escapar gracias a los que habían conseguido huir.
Y entones él, montado en su caballo con una sonrisa de suficiencia, se paseó delante de los prisioneros y fue haciendo gestos a los guardias.
Dependiendo del gesto que hiciera, a algunos los llevaban a un lado, a otros los degollaban. Cuando la vio a ella, hizo un gesto distinto y dos oficiales la levantaron y la cargaron en el caballo, delante de él, como una doncella recién rescatada.
Salvo por el detalle de seguir maniatada.

La mano atrevida que toqueteaba su cuerpo siguió acariciando con una delicadeza que ella no hubiese creído capaz en el mismo hombre que hasta hacía poco la había golpeado casi por capricho. Sentía un fuerte deseo de sentir esperanza, de creer que ya no había necesidad de tener miedo y que la preocupación ya podía desaparecer.
Y se sentía tan ingenua por ansiar aquello…
Pero llevaba tantos días en tensión, tantas noches durmiendo con los ojos entreabiertos, sintiendo escalofríos ante cualquier movimiento de aquel hombre. Llevaba tantos días con la mente obnubilada por los nervios, con los pensamientos centrados en una búsqueda imposible de seguridad….vencida por la costumbre…
Que le resultaba demasiado tentador no ceder a la idea de verse por fin en una situación con la que podía lidiar.

No le daba miedo ser forzada, ni que la sometieran en la cama. Al fin y al cabo, dejarse hacer ante los bajos instintos por supervivencia no era para ella una humillación. Era mucho mejor eso, que una costilla rota, un labio partido o un ojo morado.
Y además, debía reconocer que por ahora, la estaba tratando bien.
Sólo tenía que alejar de su mente cualquier pensamiento relacionado con Víctor y bastaría para transformar la situación en soportable.

El dedo que jugueteaba con su cuerpo se hundió entre los suaves pliegues de carne y ella reprimió un respingo. No le dolió, pues la mano del hombre se movía con el cuidado de quien sabe qué está haciendo, pero la sorpresa del tacto le hizo tensarse unos breves instantes antes de obligarse a sí misma a relajarse.
Qué distinto sentía el cuerpo ahora de cuando le besaba Víctor. No resultaba poco placentero, cierto, pero era obligar al cuerpo a reaccionar a un estímulo que tarde o temprano iba a dar sus frutos, no era entregarse al deseo que la mente ansiaba liberar. Se dejaba hacer, era un ser pasivo que nada tenía que ver con la muchacha que graciosamente jugueteaba con su amado, encendida y decidida.
Pero no iba a cometer el error de despreciar aquel trato por parte del que hasta ahora, había sido fuente de miedo. Relajaría el cuerpo, se dejaría hacer, se estremecería, o fingiría hacerlo y procuraría demostrar placer si eso le evitaba ser golpeada.

Y ante todo, se recordó, no debía sentirse miserable por ello. Pero también se dio cuenta de que su mente le repetía con demasiada insistencia ese hecho, como si en el fondo, estuviera intentando convencerse de algo que realmente no creía cierto.

Los labios del hombre parecieron cansarse de sus pechos y los dejaron abandonados, deslizando la humedecida boca por el cuerpo de la muchacha, pasando por el estomago. La mano que no estaba jugando con su interior toqueteó sus costillas, una a una, como si él nunca hubiera sido partícipe de haberlas lesionado. Esa misma mano fue bajando hasta sus piernas, donde se unió a su hermana derecha para explorar la intimidad de la joven.

El hombre deslizó los labios hasta el bajo vientre de la chica, abandonando sus manos la labor que estaban llevando a cabo para separarle las piernas y dejarla expuesta.
Y ella se dejaba hacer, a la espera. Sentía un nudo en la garganta, que por otro lado, llevaba en su nuez desde que el hombre había llegado a la habitación. Tenía la boca seca y la lengua parecía hecha de esparto, pero notaba indudablemente que otras partes de su cuerpo no experimentaban la misma sensación de aridez.

Quizás el hombre simplemente había querido tenerla sometida. Quizás gustaba de tener una prisionera, una rebelde a la que humillar y hacer suya, en un instinto posesivo que Ayla creía bastante propio del género masculino. O quizás sentía un especial placer al doblegar un alma a base de dolor para después regalarle placer.
Pero poco importaba, al fin y al cabo. Si para sobrevivir debía someterse, lo haría. Si para seguir respirando sin notar el dolor de una costilla apretando rota un pulmón, debía ceder a la humillación, lo haría.
Lo que no sabía, y no quería saber, era si su deseo por seguir viviendo era fruto de la voluntad, o del miedo.

La lengua del hombre presionó con suavidad pero firmeza la sonrosada piel de la intimidad de la muchacha y ella ahogó un suspiro. No sentía el cuerpo palpitar de pasión, ni la mente perdida por la niebla del deseo, pero si notaba como ese hombre iba hundiéndola en una lenta vorágine de placer físico. Si tuviera que haberlo descrito con una metáfora para una mente sensible, hubiese dicho que era como una sonrisa que no llegaba a los ojos.
La sinhueso del hombre empezó a moverse más rápido de un modo súbito, pero Ayla ya no dejó atraparse por la sorpresa. Se limitó a dejarse hacer, lanzando pequeños suspiros cada vez que la punta de la lengua conseguía rozar la zona adecuada de placer, moviendo levemente las caderas en un gesto casi instintivo cuando no.

Las manos del hombre acariciaban la parte interior de los muslos, con suavidad, como si estuviera andando por un campo de trigo con las manos extendidas y deseara que las espigas cosquillearan sus dedos. Pero pronto estos volvieron a demostrar un atrevimiento pícaro que Ayla sólo le había permitido a un hombre en su vida, y que sin lugar a dudas no era el que ahora introducía las falanges con cuidado dentro de su cuerpo.

Sentía placer, y no quería pensar en ello. Por la noche, cuando se despertara antes de que saliera el sol, se enfrentaría a los recuerdos y decidiría si sentirse cobarde, miserable o satisfecha de haberse adaptado. Pero ahora no podía centrar su agotada mente en más pensamientos, no quería…no quería pensar más, no quería atisbar más posibilidades, no deseaba seguir temblando y encogiendo su cuerpo.
Era como si el placer fuera un bálsamo, que si bien no la curaba, por lo menos le aliviaba la angustia.

El toqueteo se prolongó por largos minutos, hasta que la sangre del cuerpo de Ayla empezó a bombear con fuerza. Notaba su intimidad húmeda y sabía que no se debía únicamente a la lengua del hombre, pero ahora también notaba como un leve cosquilleo que avanzaba con cada latido de su corazón iba poseyendo su bajo vientre con un calor que se contraía y expandía.
Él pareció ser consciente de ello, porque movió más rápido sus dedos y lengua. A Ayla le pareció oír una especie de carcajada cómplice, pero no estaba segura de si la había escuchado en verdad o era fruto de una imaginación cansada por el miedo.
En cualquier caso, ese sonido le incomodó, aunque lo olvidó con bastante rapidez cuando él hundió más los índices en su carne y acarició su interior con la firmeza que caracteriza a un amante que tiene el valor de la experiencia.

Ella ahora gemía sin necesidad de fingir y por primera vez en varios días sentía que le faltaba el aire por una razón lógica, que necesitaba respirar hondo porque realmente sus pulmones buscaban ventilar mejor un cuerpo presa de gran actividad.
Disfrutó más de esa sensación, que del placer que le estaban dando más allá de su cintura, pues verse liberada del peso en su diafragma le permitió imaginarse durante unos instantes que todo iba a estar bien.

La culminación llegó casi por peso lógico, como si fuera evidente que tarde o temprano ella tuviera que alcanzar el clímax agarrando las sábanas con fuerza y a partir de ese instante, toda la angustia volviera a aposentarse poco a poco en el cuerpo sudoroso y víctima de los últimos coletazos del placer.

Pero para el hombre aquello no había sido suficiente, pues al fin y al cabo, él sólo había obtenido un goce altruista en todo aquel encuentro.
Se irguió en la cama, pasándose una mano por la boca para limpiarla en un gesto un tanto soez. Pero el momento de la elegancia había desaparecido hacía ya tanto, que hasta ese movimiento tuvo cierto grado de morbosa picardía.

Se desabrochó los pantalones y se deshizo de ellos, pero Ayla apartó la mirada en un pudoroso aspaviento que ni ella misma comprendió muy bien. Hacía ya tiempo que la muchacha había abandonado los campos de la inocencia, y si bien sólo se había adentrado por el camino de la experiencia, no resultaba propio en ella alejar sus ojos del cuerpo masculino.
Y sin embargo, no deseaba verlo. No por vergüenza o temor, sino por….porque por lo menos, deseaba tener control sobre sus miradas.
Si no podía poseer su propio cuerpo, ni su destino, ni su vida, elegiría las imágenes que su mente recordaría.
Y sólo deseaba tener en su mente el cuerpo del amante que realmente ella deseaba.

Notó como entraba dentro de ella y soltó un suspiro. Fue gentil con ella y por ello cuando el cuerpo del hombre se junto sobre el suyo tuvo que reconocer que sintió una nueva oleada de fruición. Pero de nuevo, su cuerpo reaccionaba por obligación, sin que su mente quisiera colaborar en ello, y todo el placer que pudiera sentir quedaba limitado y enmarcado por la cárcel de la carne.

El hombre volvió a apoderarse de sus pechos mientras se movía al ritmo de su propio placer, estrechando sus dedos alrededor de la carne con pasión controlada. Parecía que nunca pudiera perder el control de su propio cuerpo y que jamás permitía que la fogosidad le desbordara. No dejaba de ser una virtud, pero Ayla tenía la sensación de que había algo que se le escapaba, una información que se diluía en su mente como agua entre sus dedos.

Las manos de su forzado pero generoso amante masajearon sus pechos, pero pronto pareció cansarse y se dirigieron hasta los hombros de la rebelde.
Él empezó a moverse más rápido, como si empezara a perder la paciencia y ya sólo buscara encontrar su propio placer, cosa que ella agradeció.
Si bien le resultaba agradable todo aquello, no dejaba de sentir que quería que terminase cuanto antes.

No tuvo que esperar demasiado. Él estrechó con fuerza los hombros de Ayla, ahogó un leve gruñido y se estrechó contra su cuerpo antes de detenerse poco a poco y lanzar su respiración agitada sobre el rostro de ella.

Ayla mantenía los ojos cerrados y así deseaba dejarlos. Imaginaba que cuando recuperara el resuello, él se apartaría a un lado en la cama y dormiría, dejándola sola con sus pensamientos y sus agitados sueños. Quizás, con un poco de suerte, podría limpiarse sin hacer ruido, aunque la idea en si misma le pareció en exceso arriesgada.

Pero él no se apartó ni de dentro ni de encima suyo. De pronto, las manos que se apoyaban en sus hombros se deslizaron suavemente hasta su cuello, acariciándoselo con un gesto de extraño cariño.
Ayla pensó que quizás él quería más, o que le apetecía remolonear bajo una falsa pretensión de aprecio después del acto amoroso. Pero por alguna razón, su corazón empezó a latir con la misma furia con la que se había apoderado al oír cómo se abría la puerta.

Pronto entendió lo que su instinto intentaba advertirle, pero demasiado tarde.
Aunque tampoco hubiese estado en posición de evitar gran cosa.

Las manos que antes la habían acariciado con tanto cariño de pronto atraparon su cuello y empezaron a apretar. Primero fue sólo una leve molestia, pero pronto obligó a la muchacha a abrir los ojos y a coger de las muñecas al hombre en un intento infructuoso de apartarle. Empezó a escuchar el latido de su corazón como si lo tuviera al costado de su oreja y notaba como la sangre bombeada se agolpaba en su cabeza mientras ella intentaba desesperadamente moverse en busca de aire.

Él la miraba con suficiencia.

-          Dime chica, ¿a quién le envías mensajes? – dijo Lord Crhysos, en un tono tranquilo a pesar que se notaba el esfuerzo que estaba haciendo por ahogarla

Ayla abrió los ojos con terror sin poder evitarlo y se movió con mayor desesperación mientras sentía como los dedos aún humedecidos que le habían dado placer ahora impedían que por la tráquea pasara aire.

Ni siquiera podía atreverse a negarlo. El brillo que distinguió en aquellos ojos negros le indicó que de nada serviría, que no podía convencerle de lo contrario. Y ella no tenía fuerzas para mentir.
Había intentado que él no se diera cuenta aún cuando dormían en la misma habitación. Recordó como el segundo día de aguantar los golpes, vino una criada a ayudarla por orden del Lord. Y esa misma criada le dijo que servía a Lady Oblondra, que cada dos días podría darle un mensaje a su señora.
Y que ella se lo pasaría a los compañeros que habían sobrevivido. A Víctor.
Había intentado ser prudente, había pasado informaciones que él había dejado entre caer siempre vigilando de no contar algo que pudiera incriminarla. Había leído algunas de las cartas que había en su habitación fomentando la idea de ser una analfabeta, con el corazón en el puño. Había escuchado por la puerta entreabierta algunas conversaciones producidas a altas horas de la noche, en reuniones de emergencia, fingiendo dormir tranquilamente en la cama.

Pero no había sido suficientemente cuidadosa. Lo leía en el brillo de sus ojos.
Lord Crhysos apretó con más fuerza.

-          Oh, perdona, ¿no puedes hablar? –dijo él, apretando con más fuerza y haciendo que de la garganta de Ayla saliera un gemido gutural y desesperado- Hablaré yo por ti.

De pronto soltó las manos, permitiendo que la muchacha cogiera aire con tal violencia que tuvo un absceso de tos. Ella intentó moverse, pero su cuerpo se había debilitado demasiado por la falta de aire y se sentía mareada y lenta. Notaba sus músculos pesados, inútiles, a pesar que la mente gritaba con todas sus fuerzas y suplicaba poder huir.

Fídias cogió el cinturón que había dejado en la mesilla de noche y con él ató las manos de Ayla a la cabecera de la cama. Ella intentó resistirse, pero se sentía como si estuviera dando manotazos a una pared de granito. La desesperación, el miedo, la angustia y el terror se apoderaron de ella de nuevo al mismo tiempo y a tal velocidad que su cabeza se vio saturada, incapacitada para pensar.
Notaba como las lagrimas caían de sus ojos y ni siquiera recordaba haber empezado a llorar, como tampoco fue consciente de cuándo había empezado a temblar.

-          Nadie sabía dónde estaba la puta marina, nadie –dijo él en un tono que pretendía ser tranquilo, pero que destilaba una rabia mal escondida- Me guardé muy bien de decírselo a nadie.

Aún seguía dentro de ella y parecía que estuviera aún más excitado que cuando la había tratado con cariño. El contraste del recuerdo le hizo sentir náuseas y tiró con más fuerza del cinturón con la pueril esperanza de soltarse.
Soltarse… ¿para ir a donde? ¿Para huir a donde?
La desesperanza empezó a hundirla en un pozo sin fondo mientras veía como él rebuscaba en la mesilla de noche un objeto que no lograba ver.

-          Ni siquiera los guardias que la vigilaban sabían que se trataba de ella – continuó lord Crhysos, encontrando el objeto que buscaba al fin- Pero de pronto, en un gesto mágico y heroico, su hermano, la cucaracha asquerosa que era su hermano, la rescata junto a un grupo de rebeldes que todos creían muertos.

Ayla vio un brillo en la mano del regente y supo que en su mano tenía la daga que habitualmente tenía guardada en una de las cómodas que había en la habitación. El recuerdo de los golpes que había recibido en el pasado palideció en comparación con lo que imaginó que podría hacerle.

-          Y-yo no…-susurró ella, con la voz irritada por el ahogamiento
-          Cállate- respondió el regente, sin alzar la voz, golpeándole el rostro con el dorso de la mano

La rebelde notó el metálico sabor de la sangre en su boca y un dolor ya conocido en el labio que se le había partido. El cuerpo recordó la frustración y la impotencia de verse torturado sin poder hacer nada y no pudo reprimir un temblor violento.

-          Mientras miraba los restos del cuerpo del hermano que le había dado de comer a mis perros, pensé para mi… ¿Cómo es posible que supieran que Lyra Belacqua estaba en esa celda?

El regente empujó su cuerpo contra el de Ayla con violencia inusitada, poseyéndola con una brutalidad que hubiese parecido imposible en el amante que la había toqueteado minutos antes. A ella le incomodó más que dolió, pero tuvo la certeza que él se aseguraría de proporcionarle más sufrimiento que ese.

-          Ah…entonces me acordé –dijo él, acercando la punta de la daga al rostro de la rebelde- Me acordé de haber dicho un breve comentario contigo, una frase sin importancia que era del todo inocente hasta que cayó en tus oídos….¿te acuerdas de cuál es, chica?

Ayla supo al instante a qué se refería y cerró los ojos, notando como desbordaban las lágrimas de ellos. Claro que lo sabía. Y no podía fingir que no. No podía. Sería mucho peor.

-          Te he hecho una pregunta, chica
-          S-si…
-          ¿Cuál es, pues? –dijo el regente, pasando la afilada daga por la mejilla de Ayla, causándole un levísimo corte que empezó a sangrar sutilmente- Repite la frase
-          Dijisteis…dijisteis que…-el corazón se le iba a salir del pecho y por un momento la muchacha creyó que iba a perder el sentido. Sabía que tan pronto como repitiera la frase, empezaría el dolor, la tortura. El lord querría saber a quién se lo había contado. Y ella no sabía si podría resistir. Estaba muerta de miedo- Dijisteis…qu-que…
-          ¿Si, chica? No tengo todo el tiempo del mundo –apretó un poco más la daga en su mejilla, como un leve aviso de lo que pronto encontraría
-          …Dijisteis que encerraríais a Lord Arkauz en el mismo agujero infecto que la mujer pirata
-          Exacto. Buena chica.

Volvió a embestir, esta vez con mayor fuerza, y Ayla soltó un leve grito. Le notaba excitado, pero ya no tenía ese autocontrol que le permitía ser un meticuloso amante que podía evitar que se desbordaran sus pasiones antes de dar placer a la mujer.
Ahora le veía desmedido, desatado y sin freno. Ni siquiera mientras la golpeó por vez primera lo había notado así.

-          Y casi todos en el reino sabían a qué cárcel iba a ir el imbécil de Arkauz. ¿Entiendes por qué pudieron tomarme el pelo ante todos mis súbditos, chica? ¿Lo fácil que les resultó?- Apretó un poco más la punta de la daga en la mejilla de Ayla, esta vez haciéndole verdaderamente daño, hasta que la muchacha notó como empezaba a perforar la carne. Empezó a gemir de dolor y a revolverse, pero el lord no le permitía huir siquiera de eso- Espero que valiera la pena, chica, porque ya sabes cuál va a ser el precio que vas a pagar

Y apretó la daga, que cruzó carne y abrió una herida en medio de su mejilla. Ayla gritó y se debatió, hundiéndose en el miedo y en el deseo de escapar del dolor. Era como si hasta ese instante hubiera guardado todo el terror en una bolsa y ahora hubiese estallado en cuanto la daga la atravesó.   
El hombre siguió moviéndose dentro de ella, como si le gustara sentir como se retorcía buscando que le quitara el metal de su rostro.

Al cabo de unos minutos, apartó la daga, pero no la alejó demasiado.

-          A quien le has enviado el mensaje. –dijo él, en un tono tan firme y helado que podría perfectamente haber congelado un fuego.

Ayla sentía la sangre deslizándose por su mejilla, el cuello palpitando de dolor y su bajo vientre cada vez más irritado a medida que el lord iba moviéndose de vez en cuando y esas tres sensaciones al mismo tiempo hicieron que estuviera a punto de abrir la boca y decir todo cuanto lord Crhysos deseaba escuchar. Le hubiese dicho hasta el tamaño de los pechos de su madre si así hubiera dejado de sufrir.

Pero su lengua se negó a moverse y su mente fue incapaz de juntar las palabras y soltarlas. No podía…No podía.
Mantener el silencio era lo único que estaba impidiendo que se hundiera definitivamente en la desesperanza más pura. Si hablaba, si confesaba, todo cuanto estaba padeciendo, todo cuanto le estaba pasando sería…inútil.
Todo habría sido absurdo.

El dolor, el miedo, las lágrimas…un esfuerzo que quedaría olvidado. Ella se habría dejado humillar para nada, habría aceptado vender su dignidad sobre su orgullo gratuitamente, y lo peor, es que no tendría ni una sola razón por la cual poder verse ante un espejo y decir “hiciste lo que fue necesario”.

Cerró los labios con firmeza.

Lord Crhysos sonrió.

-          No te preocupes, chica. Para esto si tengo todo el tiempo del mundo.